I
LA MADRE
LA MADRE
Miré el reloj, eran las doce y cuarto. Me senté sobre unas cajas vacías frente al cuadro, quise vencer el vértigo que me produce la belleza y abrí el libro al azar: “El artista debe tener algo que decir porque su deber no es dominar la forma sino adecuarla a un contenido ” (1). Me atuve al dictamen de Kandinsky, ¿Qué decían las figuras, el color, el movimiento? La composición era sinfónica, estaba integrada por varios grupos de formas aparentemente anárquicas subordinadas a una forma principal: la madre. Ella alimentaba a los demás pobladores del cuadro. Entonces, escuché su canto de aaas insaciables que salían del magma de la tierra:
